El aumento de las temperaturas y la frecuencia de las olas de calor están afectando de forma directa al comportamiento del suelo agrícola, especialmente en zonas de regadío como el Bajo Guadalquivir. Cuando el calor extremo se prolonga, el suelo pierde humedad con mayor rapidez, reduce su capacidad para almacenar agua y dificulta el correcto desarrollo de los cultivos, aumentando además el riesgo de estrés hídrico y de pérdidas de rendimiento.

En Agroquivir analizamos cómo el calor extremo afecta la estructura del suelo, disminuye su actividad biológica y puede comprometer tanto la disponibilidad de nutrientes como la eficiencia del riego en las explotaciones agrícolas.

¿Qué ocurre con el suelo cuando llega el calor extremo?

Las altas temperaturas alteran el equilibrio natural del suelo y afectan directamente a su capacidad para aportar agua y nutrientes a los cultivos. Estos son algunos de los principales efectos:

Se reduce la humedad del suelo

El calor acelera la evaporación del agua presente en las capas superficiales del terreno. Como consecuencia, las raíces disponen de menos humedad, lo que dificulta la absorción de agua y nutrientes esenciales .La FAO explica como la salud del suelo es clave para mantener la productividad agrícola.

El suelo se compacta

La falta de lluvias favorece la compactación del suelo. Esto dificulta la infiltración del agua cuando llueve o se riega, reduciendo el aprovechamiento del recurso hídrico y limitando su disponibilidad para las plantas.

Disminuye la actividad biológica

Las altas temperaturas también reducen la actividad de los microorganismos beneficiosos del suelo, fundamentales para descomponer la materia orgánica y mantener un suelo fértil.

Se reduce la disponibilidad de agua y nutrientes 

Las altas temperaturas aceleran la pérdida de humedad del suelo y dificultan la absorción de agua y nutrientes por parte de las raíces. Como consecuencia, el cultivo dispone de menos recursos para mantener su crecimiento y desarrollo, especialmente durante las fases de mayor demanda hídrica.

Tal y como recogen investigaciones del Instituto de Investigación y Formación Agraria y Pesquera de Andalucía (IFAPA), un manejo adecuado del suelo mejora su capacidad para retener agua y contribuye a amortiguar los efectos de la escasez hídrica y de los episodios climáticos extremos.

Cómo proteger el suelo frente al calor extremo

Aunque las altas temperaturas son inevitables, existen prácticas agronómicas que ayudan a conservar la humedad del suelo, mejorar su estructura y reducir el impacto del calor sobre los cultivos.

Estas prácticas adquieren una especial importancia en zonas agrícolas de regadío como el Bajo Guadalquivir, donde las elevadas temperaturas del verano incrementan la demanda hídrica de los cultivos y aceleran la pérdida de humedad del suelo.

  • Aportar materia orgánica mediante restos vegetales, compost o enmiendas orgánicas para mejorar la estructura del suelo y aumentar su capacidad de retención de agua.
  • Mantener cubiertas vegetales, siempre que las características de la explotación lo permitan, para reducir la temperatura superficial del terreno, disminuir la evaporación y proteger el suelo frente a la erosión.
  • Planificar el riego de forma eficiente, ajustando los aportes de agua a las necesidades reales del cultivo y a las condiciones climáticas. Tal y como recomienda el Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación (MAPA), una gestión sostenible del suelo y del agua resulta fundamental para mejorar la eficiencia del riego. Como ya explicamos en nuestro artículo sobre gestión de riego eficiente, el seguimiento continuo del cultivo y de las condiciones del suelo permite optimizar el uso del agua y adaptar el riego a las necesidades reales de la explotación.

Aplicar estas medidas de forma preventiva no solo ayuda a conservar la fertilidad del suelo, sino que también mejora la eficiencia del riego y favorece explotaciones más preparadas frente a episodios de calor extremo.

Imagen de Riego eficiente para el calor extremo en cultivos
Riego eficiente para el calor extremo en cultivos

Consecuencias a largo plazo de un suelo degradado

Cuando el calor extremo se repite campaña tras campaña y no se aplican medidas de conservación, el suelo pierde progresivamente capacidad productiva, comprometiendo el desarrollo de los cultivos y la rentabilidad de la explotación.

Entre las principales consecuencias destacan:

  • Reducción de la materia orgánica.
  • Pérdida de la estructura del suelo.
  • Disminución de la actividad biológica.
  • Mayor consumo de agua y un aprovechamiento menos eficiente de los fertilizantes.

Además de reducir la productividad agrícola, la degradación del suelo dificulta el aprovechamiento del agua de riego y aumenta la vulnerabilidad de las explotaciones frente a episodios de sequía y altas temperaturas. Por ello, aplicar medidas de conservación resulta fundamental para garantizar la sostenibilidad de la actividad agrícola.

Tal y como explica el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico (MITECO), estos procesos constituyen uno de los principales retos ambientales en España, especialmente en las zonas más vulnerables a la sequía y al aumento de las temperaturas.

Agroquivir: al lado del agricultor frente al calor extremo

Imagen de Agroquivir, al lado del agricultor frente al calor extremo
Agroquivir, al lado del agricultor frente al calor extremo

Las previsiones climáticas apuntan a que las olas de calor serán cada vez más frecuentes, por lo que la agricultura debe adaptarse a un escenario en el que la gestión del suelo y del agua será cada vez más importante. 

Conservar la humedad del terreno, favorecer el desarrollo radicular y mejorar el aprovechamiento del agua de riego y de las precipitaciones son aspectos clave para mantener la productividad de los cultivos.

En Agroquivir trabajamos junto al agricultor ofreciendo asesoramiento técnico y soluciones adaptadas a las necesidades de cada explotación. Apostar por prácticas de agricultura sostenible permite preservar la fertilidad del suelo, optimizar el uso de los recursos disponibles y afrontar con mayores garantías los retos del campo. 

Porque invertir en la salud del suelo es también invertir en el futuro de la agricultura.

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